• Estudios para la Paz

Duelo migratorio, memoria y búsqueda


Hay muchas formas de migrar. Tantas como personas, aunque muchas de estas formas tengan algunos parecidos. Sabemos que no es lo mismo migrar por necesidad que migrar por deseo o por interés. Las personas que migran por necesidad (en busca de tierras, de recursos, de estudios, de una vida más saludable, menos contaminada, sin guerras, con agua, alimentos, etc.) no deberían considerarse migrantes sino desplazados. Hay muchas causas de desplazamientos que no son consideradas como tal pero que no responden más que a una causa de fuerza mayor. Luego están los migrantes que desean abandonar su país de origen y conocer distintas formas de vida, idiomas, culturas, idiosincrasias… y nutrirse de una mirada distinta hacia uno mismo y la vida, quienes renuncian a continuar con la inercia social considerada, en ocasiones, sin sentido. La elaboración de este largo proceso, desde antes de partir hasta mucho tiempo después de haber llegado a algún otro lugar, donde hay pérdidas significativas y cambios sustanciales, es lo que se ha denominado duelo migratorio; en función de las características personales y contextuales hay distintos tipos de duelo: múltiple, parcial, recurrente... (Achotegui, 2000). Este proceso es complejo, profundo e íntimo, delicado y, en muchas ocasiones, silencioso pero que escucharlo puede enseñarnos acerca de todos/as nosotros/as.


Cuando salimos de casa, es como si tiráramos una piedra a lo lejos y esperáramos el sonido de escucharla caer. Pero nunca suena. Esa piedra nunca vuelve a caer, y queda una sensación interna de vacío y desconcierto. Generalmente, una vez que dejamos atrás nuestro país la sensación de hogar, de comunidad, de pertenencia, de simbiosis y mimetismo, no vuelven a producirse jamás. Evidentemente, hay algunos migrantes que logran integrarse casi por complemento y que, además, son integrados y acogidos por la sociedad que los recibe con absoluta apertura. Pero muchos viajan y buscan durante años intentando encontrar la sensación de hogar que dejaron atrás, esa piedra que lanzaron justo antes de salir.


Sabemos que ser extranjero, que tener una mirada de extraño sobre lo que se observa es muy beneficioso para poder encontrar y nombrar aquello que desde dentro no se ve. Muchas de estas cuestiones que pueden percibirse desde afuera es información que no siempre es bienvenida y que generalmente incomoda porque desmiente el discurso hegemónico y pone en jaque mate toda una serie de acuerdos tácitos culturales. Hay que aprender, también, desde dentro, a desarrollar oídos sensibles para todas las voces que existen, aun cuando vayan en detrimento de aquello que hemos tomado como verdad gran parte de nuestra vida. Como el niño o el joven que comienza a desmitificar a sus padres, a dejar caer algunas creencias y a permitir la entrada de otros rostros más humanos.


En cuanto a lo personal o individual, es difícil no estar en un lugar conocido. Esto puede generar un gran estrés interno, una sensación constante de alerta, un esfuerzo permanente por integrarse, por adaptarse, por cambiar, por olvidar el pasado y recordar el futuro, por estar dentro de un sistema (pequeño o grande) que gira con energía y frente al cual aún no se pertenece que, en ocasiones, aparenta demostrar que no eres necesario/a, que eres prescindible, o que incluso sobras. A veces esto puede llevar a volver al propio país de origen, que ya tampoco es ese hogar que se dejó porque uno/a ha cambiado y en ocasiones el país también.


Entonces, ¿Cuál es el nuevo hogar que podemos construir? Un hogar, probablemente, itinerante. Un hogar en la memoria, en el recuerdo de todo lo integrado y vivido; un hogar en el cuerpo, en las heridas, en la piel; un hogar en el silencio; un hogar de dentro hacia afuera que se abra paso, poco a poco, en cualquier lugar en la ayuda de pocos o muchos que puedan comprender esta gran labor de integración.

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