• Estudios para la Paz

Recordando la muerte. Recordando la vida


A lo largo de nuestra vida, hombres, mujeres, niños, niñas… nos enfrentamos a diversas muertes. Todos y todas contamos en nuestra biografía con varias pérdidas significativas que nos recuerdan, cuando estamos dispuestos, acerca de la única condición de estar: saber que algún día dejaremos de estar.


Muchas veces pensamos en la muerte como el resultado de cuando la ciencia falla, como el fracaso de la medicina y la tecnología, como el retraso o la mala praxis. Evidentemente, es comprensible hacer todo lo posible por intentar salvaguardar la vida, sobre todo en aquellos casos donde la muerte llega pronto, de forma repentina e inesperada o incluso, en aquellos lugares o países donde muchas de las condiciones podrían remediarse. Sin embargo, esta intervención entre la vida y muerte, entre la salud y la enfermedad, genera una gran distancia y plantea estos lados como opuestos, en lugar de complementarios. Sabemos que en realidad no hay tal antagonismo entre la salud y la enfermedad, entre el equilibrio y el desequilibrio, entre la vida y la muerte. Están en constante simbiosis, relación e intercambio y forman parte de un mismo continuum.


Cuando no podemos ver de cerca la muerte y la ubicamos solamente en hospitales y residencias alejadas de nuestras ciudades y casas, en los cementerios o panteones que apenas visitamos y que vemos únicamente como lugares lúgubres y siniestros, se aleja la posibilidad de entender la muerte como algo digno, profundo y universal, generando un gran temor y una gran indefensión, en el cual nos volvemos pasivos ante la pérdida.

Es cierto que muchas partidas no dan tiempo a poder elaborarlas con antelación, que son repentinas y que suceden de forma totalmente imprevista. Estas pérdidas generalmente traen mayores dificultades en el procesamiento. El dolor, la rabia, la culpa… suelen durar más tiempo y es algo totalmente natural, sensato y válido. Supone un mayor esfuerzo por parte de los dolientes, los seres queridos que quedan aquí, poder elaborar la despedida y logar significar la ausencia permanente de esta persona con quien no habrá un posible reencuentro. Hay algunas otras pérdidas que dan un poco más de tiempo para la despedida y la elaboración. Generalmente, aquellas que son resultado de algún proceso de enfermedad, en los cuales suele abrirse la posibilidad de pasar más tiempo junto al enfermo. Si bien esto puede ser una gran fuente de estrés y malestar, también puede permitir ir viendo la situación y anticipar el posible final. En el mejor de los casos, estas situaciones también traen la oportunidad de dialogar acerca de los miedos, los miedos del enfermo y los de los dolientes; miedos que a veces coinciden y otras veces no. Ofrecen, además, la posibilidad de reparar algunos vínculos y de expresar asuntos pendientes. Y dado que no vamos a llevarnos con nosotros ni nuestro cuerpo, ni nuestras pertenencias y posesiones, ni a nadie, durante esta etapa lo importante puede llegar a emerger, es decir, los valores pasan a un primer plano cargados de valentía y fuerza. Lo valioso puede verse con más claridad y el reconocimiento de lo vivido, lo experimentado, lo entregado y lo recibido a lo largo de la propia historia, toma forma y ayuda a conducir los últimos pasos.


En cualquier caso, se trate de una muerte repentina e inesperada o de una muerte avecinada, la despedida es fundamental. A veces puede hacerse junto con la persona, otras únicamente con el cuerpo inerte o con objetos. La despedida no significa el cierre total de la experiencia, ni el olvido ni la inmediata recuperación. Tampoco supone negar el dolor y estar obligado a sentirse bien; es simplemente, un paso importante en el reconocimiento de la pérdida. Una entrega profunda del amor, respeto y cariño hacia la otra persona y todas sus enseñanzas. Un gesto de gratitud y unión que puede crear una diferencia entre un tipo de duelo u otro. Esta despedida, evidentemente, tampoco debe idealizarse, romantizarse, ni imponerse frente a ningún doliente. A veces, tienen que darse muchas otras vueltas hasta que se logra hacer la despedida, que tampoco es el último paso. La fantasía, el uso de la imaginación e, incluso, de la meditación, pueden ser extraordinarias herramientas para favorecer el proceso.


Todas las vidas deben ser despedidas. Las vidas no nacidas o nacidas sin vida; las vidas cortas o largas; las vidas animales, salvajes; las vidas cercanas y lejanas. Todas ellas son merecedoras del mismo lugar y respeto y todas ellas dejan aprendizajes relevantes que pueden acompañar una vida entera.

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